Con la llegada de la Navidad, las plataformas de streaming se inundan de un género que, a pesar de su innegable repetitividad, sigue cautivando a millones: las comedias románticas festivas. Reconozcámoslo: salvo contadas excepciones que incluyen elementos fantásticos o tramas infantiles, la inmensa mayoría de estas películas comparten un mismo argumento central. Una trama tan común que las variaciones suelen reducirse a la locación o el color de cabello de la protagonista, que, invariablemente, es una mujer. Sin embargo, a pesar de haber visto decenas de películas casi idénticas a lo largo de los años, seguimos eligiéndolas. ¿Cuál es la razón detrás de este placer culposo colectivo?
El Arquetipo de la Comedia Romántica Navideña
El escenario es familiar: la protagonista es una mujer exitosa, a menudo cínica y residente de una gran ciudad como Nueva York, cuya vida gira en torno al trabajo, dejando poco espacio para el amor. Su escepticismo sobre los sentimientos suele derivar de un desengaño amoroso o una pérdida temprana. A veces, cuenta con un prometido que representa el ideal social, aunque su relación carece de verdadera pasión.
La trama se activa cuando, justo antes de Navidad, la protagonista se ve obligada a regresar a su pueblo natal, un lugar detenido en el tiempo y lleno de rutinas. Allí descubre que un negocio histórico, a menudo una panadería asociada a su infancia, está en peligro de cierre. Es en este punto donde el giro romántico se vuelve inevitable: mientras lucha por salvar el establecimiento, se reencuentra con personas de su pasado, incluyendo a su primer amor, el mismo que le rompió el corazón. Este interés amoroso, que eligió quedarse en el pueblo, la recibe con la clásica camisa de franela a cuadros, y pronto la chispa entre ellos es innegable. A lo largo de la película, ambos resuelven sus diferencias, logran salvar el negocio y deciden forjar un futuro juntos, a menudo al frente de la misma panadería. El cinismo de la protagonista se desvanece, redescubre el espíritu navideño y se da cuenta de que la vida agitada de la ciudad no es para ella, sino la tranquila existencia de su origen.
Existe una ligera variante argumental en la que la protagonista, nacida en la ciudad, es enviada por su jefe a una remota y nevada locación para cerrar un trato, usualmente la adquisición de un pequeño negocio. Allí se encuentra con el propietario local, que se niega a venderlo. Así comienza un desafío entre el amor y el odio que culmina de manera similar: la chispa romántica, el redescubrimiento del espíritu navideño, el negocio salvado de las manos corporativas, y un “felices para siempre” en el que la protagonista abraza la vida pueblerina.
El Poder de la Previsibilidad: ¿Por Qué Seguimos Viéndolas?
La pregunta persiste: ¿por qué, sabiendo que estas películas son tan similares, no optamos por algo nuevo y diferente? La clave reside, probablemente, en que constituyen una zona de confort. El arma secreta de las películas navideñas clásicas es precisamente su previsibilidad. Al dar play, ya sabemos qué va a ocurrir. No hay sorpresas ni sobresaltos; todo encaja a la perfección en un calendario de Adviento cinematográfico simétrico y satisfactorio. Y esto nos agrada, especialmente durante la Navidad, porque refleja lo que anhelamos en la realidad.
Sabrina Salemme, psicóloga y psicoterapeuta cognitivo-conductual, explica: «Caer en la trampa de la felicidad en Navidad es más fácil que nunca: el deseo de sentirse bien a cualquier precio y el miedo a experimentar emociones desagradables se acentúan durante las fiestas». Añade que en esta época, «cuando vemos que las casas se llenan y la nuestra está vacía, cuando ante iluminaciones y cuadros sonrientes pensamos en los problemas que tenemos en casa o incluso solo porque no conseguimos exactamente lo que queremos». La especialista subraya la importancia de abrazar todo el abanico de emociones humanas, no solo la alegría. Sin embargo, sobre estas películas navideñas, afirma: «Es plausible pensar que ver comedias perfectas es algo positivo que nos permitimos en estas fechas, precisamente porque esa magia de ficción nos hace sentir parte de una felicidad colectiva».

